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NUESTRO TIEMPO EN EL UNIVERSO (CUENTO) POR PABLO JÁCOME

Por Pablo Jácome, dedicado con todo el corazón para D y M.

Capítulo I

Es casi imposible ver actuar al verdadero amor en una época en la que el dinero, los smartphones, el individualismo, las drogas y la pornografía han suplantado al espíritu. Ciertamente ¿en qué sepulcro han enterrado al sentimiento puro? ¿En qué cueva se ha escondido el altruismo? ¿En qué insalubre océano se ahogó el placentero bienestar? Mas ¿acaso no hay respuestas para estas preguntas? Porque honestamente estuve excavando como loco, alumbrando mil enjambres de hematófagos murciélagos y buceando terribles arrecifes para traer de vuelta a todas esas ambrosías que endulzaban la existencia, pero lamentablemente no hallé a ninguna de ellas. De esta manera, estando ya a punto de abandonar todas mis esperanzas para siempre, con parte del cañón de la escopeta dentro de la boca y el pulgar en el gatillo, ocurrió sin embargo un milagro, un verdadero milagro que por más que trato de explicármelo racionalmente, sé que jamás podré hacerlo — porque evidentemente el amor va más allá de la razón. Pero ¿qué fue lo que me salvó? Permíteme entonces, querido lector, narrarte, no sin antes advertirte que es sumamente agridulce, esta historia que me demostró que enhorabuena el amor aún no ha muerto.

Azar o casualidad, pero todo acontece en cierto martes de 1995 en el que Darlene, después de finalizar su almuerzo, regresaba a la oficina 1969 que se ubicaba en el onceavo piso del lujoso edificio Armstrong situado en la Plaza Fox. Puesto que trabajaba para un empresa de envíos y recepción de mercadería internacional, su labor era una cuestión puramente burocrática: registro, administración, almacenamiento, obtención y entrega de paquetería. De esta forma, ella ejecutaba todas estas transacciones sin ningún problema porque, además de ser una labor entretenida, ella siempre realizaba todo con la mayor predisposición del ánimo, tenía una muy buena remuneración y el ambiente laboral era ameno y flexible. Y en este sentido, realmente ese día no fue la excepción. No obstante, lo que no sabía era que esa tarde su universo estaba a punto de cambiar por completo.

Así, siendo permitida entrar por el afable gendarme del edificio que le daba nuevamente la bienvenida, atravesó tranquilamente la sala de recepción para tomar el ascensor y subir a su pulcra y odorífera oficina. Al entrar, fue directamente a lavarse las manos para proseguir con su rutina. Sin embargo, pasado unos pocos minutos, mientras ella seguía en el papeleo, un hombre interrumpió su concentración con el sonido del timbre.

— En un segundo — respondió Darlene, dejando los papeles sobre la mesa para acudir al llamado de aquel “extraño”.

Inmediatamente después de abrir la puerta, dos planetas no resistieron más la acción de la gravedad y colapsaron en una explosión multicolor: su mirada coincidió perfectamente con la de dicha persona que resultaba ser un hombre alto, elegante y atractivo. Y aunque sus fijas miradas hacia las del otro duró un solo instante, ambos experimentaron en la brevedad de ese segundo la eternidad del universo. Pero para poder continuar con sus asuntos, coincidieron inescrutablemente en brindarse una inocente sonrisa.

— Entonces, ¿en qué le puedo ayudar? — dijo Darlene, siendo incapaz de evitar ruborizarse.

— Vengo en busca de un paquete que en su interior alberga un tocadiscos — contestó Martino, sucediéndole lo mismo que a ella.

En consecuencia, Darlene le hizo primeramente rellenar algunos documentos de constatación para, en seguida, buscar el encargo y así entregárselo.

— Fue un placer atenderle — dijo ella nerviosamente.

— Muchas gracias — respondió él, igualmente nervioso.

Una vez que Martino salió de la oficina, ambos se quedaron petrificados cual estatuas, pero ciertamente con el corazón latiéndoles violentamente, pues honestamente no sabían lo que acababa de suceder.

Capítulo II

Cuando ambos llegaron a cada una de sus respectivas casas por la noche, hicieron todo lo que tenían que hacer rápidamente para así irse lo más pronto a sus camas y poner en orden todas las ideas, preguntas y sentimientos que les inquietaban desde aquel inefable momento en el que se “encontraron” por prístina vez. Pero cuando digo que todos esos factores les alteraban la paz, déjame aclararte, estimado lector, que no tienes idea del infierno que en ese momento vivían. En efecto, el deseo de saber quién exactamente era esa otra persona y qué era lo que había acontecido les estaba matando. Pero el dolor aumentaba cuando involuntariamente se terminaban preguntando cosas como: «Y ¿si no le vuelvo a ver?», «y ¿si mañana culmina el mundo y así jamás supe quién fue aquella persona?» o aún peor «y ¿si mañana no se destruye la Tierra pero aquella persona se va de viaje a un lejano país o, ¡santos cielos!, a otro planeta?». En verdad sentían que el tiempo se les estaba acabando, y lamentablemente tenían razón, por lo que de esta forma decidieron aprovechar el horrible insomnio y la ausencia de sus no correspondidos cónyuges en sus casas para sumirse en las más profundas meditaciones de qué hacer entonces al respecto y cómo lograr los designios que se propusieran.

Si bien es cierto que ellos eran muy felices porque no carecían de su propio cariño y el de sus más cercanos familiares y amigos, tampoco de una buena salud mental y física y estabilidad económica-laboral, desafortunadamente no lo eran dentro del ámbito matrimonial. Mientras Darlene y Martino eran alegres, bondadosos, amables, firmes y resilientes, cada uno de sus cónyuges eran personas profusamente irascibles, desapacibles, volubles, frívolas y porfiadas. Por más que ambos trataban siempre de dilucidar cualquier inconveniente que se presentase y vivir una vida tranquila, sus parejas simplemente no cooperaban: actuaban siempre neciamente y no como Darlene y Martino, es decir, sensatamente. «¿Puede acaso ser esto amor?» — se preguntaban diariamente; y terminaban siempre concluyendo: «¡No!, claramente no porque ¿cómo puede ser amor el no vivir mutuamente en sosiego, el evitar la solución de los problemas, el hacer promesas para luego quebrantarlas y no ser fiel a la causa?». Primordialmente en cuanto a promisiones: El verdadero amor no hace promesas: el amor es una promesa.

Pero como ese amor que compartían con sus cónyuges no era una verdadera promesa, ni tranquilidad, ni compromiso, ni responsabilidad y tampoco bienestar, Darlene y Martino se dieron una nueva oportunidad ideando finalmente sus planes de cómo llegarían al otro. Debido a que pensaba que él no regresaría, Darlene planificó que, al día siguiente, buscaría el número de su celular (que en ese tiempo se trataban de los llamados 8000x que prácticamente eran ladrillos portables) a través del registro administrativo de su trabajo para, con la aparente finalidad de preguntar acerca del estado del tocadiscos por su evidente fragilidad, así hablar con él; Martino, por su parte, basándose en que Darlene estaría en el mismo lugar como de costumbre, decidió ir a por ella quince minutos antes de las 13:00 para, después de un diálogo que improvisaría ese rato, invitarla al almuerzo — sino, volvería a intentar el mismo plan pasado mañana y sucesivamente.

Finalmente, luego de una horrible noche de reflexiones, el astro luminoso, con sus artísticos rayos, pincelaba un rosáceo amanecer. La alarma principió a bailar en el velador de Darlene; ella se despierta y parte decidida a su oficio. Al llegar, lo primero que hizo fue lo que se había propuesto: buscar el número del celular de Martino. No tardó más de cinco minutos y, aunque quería en ese preciso momento llamarlo, no lo hizo porque pensaba que era algo inapropiado despertarlo, pues aún era las 7:45 — cuando no sabía que Martino ya hasta había dejado su morada para ir a trabajar en la empresa de su padre. Así, Darlene acordó llamarlo más tarde. Pero los segundos transcurrían lentamente y ambos cada vez más se extenuaban al mirar impacientemente al infernal reloj. No obstante, el ansiado momento de actuar llegó: ¡era ahora o nunca! Darlene asió rápidamente el teléfono, registró el número y, justo en el momento en que ella iba a presionar el botón para llamarlo, escuchó el timbre. No le dio importancia al sonido y ella lo hizo. Mientras entraba la llamada, ella acudía a la puerta. Inmediatamente antes de abrirla, sus oídos percibieron el timbre de un celular que provenía claramente de la parte contraria a donde se ubicaba. Sus ojos se dilataron de asombro y se apresuró a dar entrada a la persona que, aunque la desconocía, ya intuía quién podía ser. ¡Y así fue!: ¡era Martino, que observaba su celular! Él iba a rechazar la llamada, pero cuando le abrieron la puerta, descubrió a Darlene con un teléfono que emanaba intermitentemente una pequeña luz que daba a indicar que estaba llamando a alguien.

— ¡Santo cielo! — exclamaron ambos al unísono, y, poseídos por el nerviosismo, se llevaron una de sus manos a sus cabezas y se echaron a reír mientras se miraban tiernamente.

— ¡Vaya! ¡No puede ser! — dijo Darlene. ¡Justo trataba de comunicarme con usted para preguntarle acerca del estado de su tocadiscos!

— ¡Oh! ¡Y yo justo la visitaba para agradecerle del satisfactorio cuidado con el que me entregaron este artefacto tan importante para mí!

— ¡Muchísimas gracias! — respondió, simultáneamente indicándole con cortesía que entrara a la oficina. ¡Qué apreciable gratitud!

— No, ¡permítame decirle que el mundo necesita maravillosas personas como usted! Y debido a que me he percatado de su inefable humanidad, vengo además a invitarla a almorzar conmigo para ratificar mis conjeturas — dijo valiente y dulcemente. ¿Le parece?

Darlene se ruborizó: nunca había visto en su vida a un hombre tan amable y seguro de sí mismo.

— ¡Por supuesto! ¡Estaría encantada!

Fue así que ella ordenó velozmente todo el papeleo mientras Martino la esperaba pacientemente. Acabó y, previo a cerrar la puerta, dirigió sus ojos al reloj: era las 12:45.

Martino la hizo subir al carro y fueron hacia un restaurante sumamente lujoso y agradable. Ella pidió un exquisito plato de mariscos: su comida favorita; él, un jugoso asado.

— Como te cuento, mi visión de la vida es sencilla: vivir el momento, sin importar lo que pase, pues nunca sabemos lo que nos depara el mañana. Y ¡veo que tú eres un ejemplo de mi mentalidad!: ¡eres una mujer que aprovecha cada oportunidad que se le presenta! Y para demostrártelo, te pongo el ámbito profesional: a pesar de la circunstancia financiera no tan buena de tu hogar en aquel tiempo debido a las peripecias que me cuentas, tú no viste oportunidad de estar exclusivamente llorando o renegando vanamente, ¡sino de verdaderamente crecer! Empezaste a trabajar y con ese esfuerzo, tanto de dinero como de energía y tiempo, lograste, además de ayudar a tus padres y hermano, estudiar dos carreras: una de contabilidad y otra de psicología. ¡Con tan solo veintiséis años ya has adquirido loables logros!

— Pero si yo soy tal como me describes, ¡tú lo eres aún más, Martino! Tu padre, sin tu temprana ayuda, no habría sido capaz de crear la gran empresa de repuestos vehiculares tanto para carros como para aviones y embarcaciones que ustedes administran. Además, ver la forma en que te expresas y sonríes es otro factor que denota tu honestidad conmigo al relatarme tus pensamientos acerca de la vida. Yo también soy como tú, es decir, alguien que siempre trata sacarle el mejor partido a la existencia. Bien es cierto que la vida es dura y hasta injusta, pero no por eso hay que rendirnos fácilmente. Claro está que es permitido llorar y hasta sentir incertidumbre o enojo, pues eso nos hace humanos; pero lo que nos vuelve valiosos es no dejarnos vencer por aquellos sentimientos y saber controlarlos y transfórmalos en amor y sentido por la vida.

— ¡Exacto, mi querida! No importa que la vida sea triste, efímera y absurda; y tampoco importa la existencia de los dioses. Yo solo sé que, a pesar de que el universo no puede escucharnos o quizá ni siquiera le importemos, hay que agradecerle por cada instante que nos permite estar en su regazo. ¡El momento para cantarle a la felicidad, a la tristeza, al tiempo y a todo es ahora porque quizá mañana el cuervo de la muerte emprenda el vuelo y, junto a sus nocturnas alas, partamos nosotros también! Y aunque esta existencia no sea más que solo un error, eso no es problema: ¿qué nos importa a nosotros, los vitalistas, los defectos de la vida, si estos lo hacen justamente digna de vivir? Querida Darlene, ¡imagínate una vida con sentido! En ese caso, ¿para qué habría de respirar? ¡Lo más hermoso es moldear el destino tal como lo hace el alfarero con el barro! Por lo que esto tambien aplicaría con todas sus facetas. Sin embargo, la esfera que más aprecio de todo esto es el amor porque cuando amas, ¡nunca perderás! Lo más exquisito, efectivamente, es amar, sobre todo, como te he dicho, el momento presente, tal y como ahora lo estoy haciendo en compañía de una maravillosa persona.

Al decir Martino esta última frase, ambos sonrieron melancólicamente.

— Muchas gracias, de verdad, Martino, por tus palabras. ¡Conocerte es un milagro — y espero seguir compartiendo contigo!

— No, gracias a ti, y tenlo por seguro que así será.

Habiéndose acabado el almuerzo y sabiendo que tenían que regresar a sus quehaceres, Martino la dejó de vuelta en la oficina. Y claramente antes de despedirse, concordaron en seguir saliendo juntos.


Capítulo III

Durante las inminentes veces que tuvieron la oportunidad de reunirse, se conocieron cada vez más profundamente. Pero a medida que más ampliaban el conocimiento del otro, más se incrementaba ese fuerte sentimiento mutuo que brotó en aquel dichoso día. Ese cariño, esa atracción o ese espíritu que nació de ambos se hizo tan vigoroso, puro y ardiente que ni siquiera toda el agua del mundo era capaz de apagarlo. Cada minuto que pasaban juntos era inolvidable. Y aunque existían factores que amenazaban con separarlos como sus matrimonios, la diferencia de edad (Martino era mayor con diez años) o los asuntos de trabajo que empezaron a demandar más concentración, ninguno de dichos factores tenía, hasta ese entonces, el poder suficiente para hacerlo.

Transcurrido así seis meses en los que compartieron prácticamente cada segundo, ambos iniciaron formalmente una relación de noviazgo, pero obviamente de manera furtiva de sus parejas y sus padres. Pese a que la familia, amigos y hasta los mismos cónyuges de ambos sabían de la existencia del otro, jamás llegaron a sospechar que había algo más que amistad entre ellos debido a que Darlene y Martino se entrenaron para, en la superficie, aparentarlo. Y aunque a ambos les disgustaba notoriamente ocultar su relación porque se sentían desleales respecto de sus matrimonios y del dictamen de sus padres, no tenían otra alternativa puesto que el asunto era sumamente complejo. Era evidente que Darlene y Martino no aceptaban la mentira y la traición: sus valores se los impedían, por eso hasta deseaban divorciarse para así entre ellos unirse íntegramente y no llegar a afectar a terceros; pero no tenían otro camino que obrar así en consecuencia de dos motivos que trascendían de su voluntad: sucede que los padres de la protagonista, junto con los de su esposo, estaban trabajando juntos para, con la ayuda de contactos, hacer posible que sus hijos trabajen en puestos del gobierno de la ciudad de Pekourbo, pero para esto era indispensable que ambos, allende de otros pormenores, estuviesen comprometidos durante algunos años; mientras que Martino estaba casado con una mujer extranjera por razones puramente comerciales: su vínculo matrimonial, acorde a una ley multinacional, les permitía solo así viajar y vivir por cualquier parte de Europa — lugar en el que, por la empresa familiar, les convenía conservar.

¡Ay, querido lector! Como puedes saber, ciertamente los matrimonios de estos dos enamorados eran, a la final, ilusorias convenciones sociales. ¡Es de locos creer que un imperativo cívico puede ser más valioso que un verdadero amor! Pero, lamentablemente, en un mundo en el que cada vez más se atribuía prioridad a lo superficial antes que al corazón, las cosas debían regirse así.

Y como si esto no fuese suficiente, todo fue empeorando. En efecto, las cuestiones de trabajo de Martino se tornaron exponencialmente más exigentes e intransigentes. De lo que se visitaban constantemente, tuvieron que dejarse de ver casi por completo, y esto era algo que los destrozaba a ambos por igual. Verse obligado a estar junto a la persona que más se ama solo en la imaginación es una de las peores condenas. Pero en el destino de este universo estaba escrito que tenían que sufrir aún más cuando recibieron una fatídica noticia para su amor: Martino tenía que irse a vivir en Londres, sin posibilidad de regreso durante al menos la primera década, para así lograr realizar unos trámites que catapultarían su negocio familiar a un éxito rotundo.

Al escuchar semejante información, ambos se echaron a llorar amargamente, y lo peor es que no podían denotar su tristeza por motivos que ya expliqué. Fue así que Darlene y Martino decidieron reunirse en La Laguna de San Julián-Flaubert, en la tarde de un martes, para dialogar y aclarar su futuro.

— ¡Ay, mi querido Martino, no quiero que te vayas! — decía Darlene en medio de un río de lágrimas. ¡No quiero que te vayas, pero es tu deber irte!

— Yo tampoco quiero irme, ¡quiero quedarme a tu lado! Pero como no me es posible quedarme, por eso te ruego que vengas conmigo. Como te comento, mi padre dijo claramente: «¡No tengo problema en ayudar a obtener el pasaporte y en encontrarle un puesto de trabajo dentro de nuestro negocio a una amiga tan bondadosa y afable como la tuya, hijo mío! Si se trata de las verdaderas amistades de mi querido Martino, ¡nunca habrá inconveniente alguno!». Así que, por favor, hazme caso, Darlene: renunciarás a tu trabajo, te divorciarás, firmarás los papeles, vendrás conmigo a Londres y, pasado un año, que es el tiempo suficiente para llevar a cabo los trámites verdaderamente importantes, yo me divorcio de aquella mujer y, ¡al fin!, contraeremos matrimonio. ¡Seremos felices!

— ¡Me gustaría hacerlo, Martino! Pero tampoco puedo dejar solos a mis padres y a mi hermano. De hecho, sería inclusive capaz de en este instante convencerles de que me permitan divorciarme de mi esposo, pues sé que ellos, pese a que les doliese mucho, terminarían prefiriendo mi verdadera felicidad a un falso bienestar. Pero una vez que me divorcie y me vaya contigo, ¿quién verá por ellos? Puesto que se quedarían sin una fuente segura de ingresos por mi divorcio, ¿cómo sería yo capaz, además, de abandonarlos?

— Pero podemos llevarlos a ellos también, mi padre...

— No, Martino. Ellos no podrían vivir en un ciudad completamente diferente a la nuestra. Hablando sutilmente con ellos en muchas ocasiones, les pregunté indirectamente acerca de qué les parecería residir en ciudades como Roma, París y Londres, y su respuesta siempre fue negativa. Y, al final del día, tienen razón: allende de no saber el modus vivendi ni el idioma de Londres, tampoco tenemos familia o contactos allá, por ende, carecemos de una manera clara de desenvolvernos en un mundo absolutamente ajeno al nuestro. ¿Cómo entonces podríamos vivir adecuadamente? Asimismo, ¡imagínate si tu padre se llegase a enterar de nuestra relación! ¡No quisiera que por mi culpa existiese rencor o discordia entre hijo y padre, y, peor aún, si se trata precisamente de mi amado y su progenitor!

— ¡No, por favor, no me hagas esto, Darlene! — decía Martino mientras se le desgarraba la voz. ¡No seas tan cruel!

— ¡No hagas que me odie por propalar la verdad! ¡Ay, Martino! No debemos imponer la necedad del corazón ante la razón de la mente: ambos sabemos que tenemos que separarnos. Yo, desde el primer momento en que te vi, supe que serías una persona especial en mi vida, tal y como yo lo sería en la tuya. Pero es una lástima que nuestro tiempo juntos tenga que... — y no pudo decir ni una palabra más.

Ambos finalmente se quebraron en un abrazo mutuo.

No podían asimilar la dura realidad, por lo que, para conciliarse, decidieron olvidarse de todo en un último abrazo. Pero para ya no prolongar más el dolor, se separaron, aunque les costó bastante hacerlo. Sin embargo, antes de que cada uno tomase el camino que le correspondía, Martino le entregó una carta a la única dueña de su corazón; ella solo se limitó a guardarla en su bolso.

Cuando Darlene llegó a su casa, tuvo ánimo únicamente para guardar el bolso en el lugar más recóndito de su armario y para echarse en su cama a esperar que el sueño le acariciara sus parpados que no cesaban de verter ásperas joyas de cristal. Por suerte, en esa noche su esposo no se encontraba allí.


Capítulo IV

Muchos años transcurrieron desde aquella forzada y lúgubre separación. Durante ese gran intervalo temporal, Darlene concibió un hijo con su esposo, pero pocos meses después del parto se divorciaron justamente por los problemas de pareja que siempre tuvieron; sin embargo, ninguno de los dos salió perjudicado porque para ese entonces ya habían logrado adquirir aquellas plazas de oficio dentro del gobierno, por lo que sus familias, además de prestigio sociopolítico, ya gozaban de los beneficios implícitos, especialmente económicos. (Darlene consiguió el cargo de Psicóloga Industrial; su expareja, de ministro en Desarrollo Urbano y Vivienda). Martino, en cambio, no tuvo descendencia, pero permaneció casado con su esposa por pura resignación y lástima.

Algunos dirán que la vida continúa, pero no es así, a veces lo único que transcurre es el tiempo, pero no la vida, y ya nada era igual en la vida de ellos desde aquel alejamiento. Cuando se veían en el espejo, creían ver, por un momento, el rostro de su amado, pero lamentablemente este no era el caso, y luego se percataban de cada uno de los surcos invernales que, apareciendo paulatinamente en sus rostros, deslucían esos mismos semblantes que en un pasado, inspirados por el amor del astro luminoso, habían tenido el fulgor y la vitalidad de la primavera. A decir verdad, los años no pasaban en vano: la gravedad de la edad ya se notaba. ¡Y qué triste era ver al Sol ocultarse detrás de las montañas sin aquella persona con la que se había compartido tantos atardeceres! Y por si fuera poco, el pesar de Darlene era agravado sin querer por su hijo. El nombre de su primogénito era Tritz, y desde su primer día mostró muchas dificultades para su madre y abuelos maternos respecto a su crianza. En primera instancia, nació prematuramente, generando así altos costos en medicamentos y tratamiento para su familia; luego, a la edad de cinco años, tras varios exámenes médicos, fue diagnosticado con TOC y el Síndrome de Asperger, aunque con un cociente intelectual de 150; llegado a la pubertad, casi fue expulsado de la institución educativa en la que estudiaba por golpear a un alumno; y cuando entró a la adolescencia, le internaron en un hospital durante semanas puesto que, en un intento de suicidio, estuvo a poco de fenecer desangrado.

Sí, mi lector, Darlene había sufrido mucho, pero jamás cesó de conservar su fulgor. Nunca importaba qué tan grande era el obstáculo, ella encontraba siempre una solución para todo. Sin embargo, si bien triunfaba constantemente en la consecución de sus designios que los mentalizaba vívidamente, su diamantino esfuerzo llegó, en un momento determinado, a causarle una gran fatiga. Se sentía frustrada porque, aunque hacía todo lo mejor para el bienestar de su hijo, Tritz parecía estar condenado irremediablemente a la enfermedad, la soledad, la incomprensión y la tristeza; asimismo, ella, junto a su familia, padecieron el cáncer que súbitamente se manifestó en su padre; y para rematar, en consecuencia del excesivo estrés y las diversas adversidades, Darlene fue víctima de una enfermedad conocida como vitíligo, en la que básicamente algunas zonas de la piel del afectado se descoloran.

Darlene estaba verdaderamente pasando por épocas muy complicadas. Aunque ella creía que ya había superado su separación de Martino y todo el malestar que le causó el padre de Tritz, las cosas no eran así. Aquellas cicatrices en su alma aún no habían sido suturadas. Y, como si no bastara, a toda esa pesadumbre había que sumársele el vitíligo, el cáncer de su padre y la precaria salud somática y psicológica de Tritz. Por tanto, para desahogarse de su aflicción, esperaba estrictamente la noche, cuando nadie la veía, para derramar torrenciales lluvias de sus ojerosos luceros; seguido al acto, una vez tranquila, ponía música alegre de los ochenta en su celular para quedarse dormida.


Capítulo V

Después de todo, dichosamente su padre derrotó al cáncer con la ayuda de las quimioterapias y especialmente de su fuerza de voluntad; Tritz alcanzó una estabilidad en cuanto a su salud y Darlene, tras un reiterado esfuerzo, aceptó con cariño a su vitíligo. Y precisamente cuando el calendario subraya un tal martes de enero del 2020, ¡volvió a acontecer un milagro para Darlene y Martino! — aunque aquel sería el último. Darlene, mientras se entretenía un rato en su smartphone, específicamente en una red social de logotipo azul, de repente le apareció sugerencias de personas que quizá conocía. Así, empezó a observar la lista e inopinadamente apareció un tal Martino.

Ella, al revisar aquel perfil, ¡se percató rápidamente de que no era sino aquel hombre con el que había compartido tantos maravillosos e inefables recuerdos! Absolutamente sorprendida, le envió una solicitud de amistad. Pero, como Martino no era bueno utilizando la tecnología, tardó más de dos semanas en ver aquella notificación que también le haría latir el corazón aceleradamente de emoción. De este modo, aceptó la invitación e, indagando un poco en el detalle del perfil de su tan querida Darlene, descubrió un número celular.

Darlene había estado conduciendo sola cuando inesperadamente ingresó una llamada a su smartphone. Por lo general, ella no contestaba a extraños, y mucho menos prefijos internacionales, pero, por alguna razón, no le importó y respondió.

— ¿Aló?

— ¿Estoy hablando quizá con Darlene?

— ¿Martino? — dijo llena de sorpresa.

— ¡Oh, Darlene! ¡Estás hablando con el mismo! ¡Vaya! ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Nunca he dejado de desear escuchar tu voz nuevamente desde la vez postrera en que nos vimos!

Ambos no se contuvieron y se echaron a llorar de alegría y melancolía.

Reencontrados, aunque por un medio completamente virtual, muy diferente al de la realidad que conocían, entablaron de inmediato una comunicación diaria. A través del chat, las llamadas de voz y las videollamadas hablaban día y noche. ¡Fue en aquellas reuniones que se enteraron de todo lo que había pasado en sus vidas después de casi veinticinco años! Darlene le hizo saber hasta el último detalle, tal como Martino lo hizo igualmente con ella. Allí le relató sus largos y duros años en Londres: pese a que el éxito de su empresa familiar se intensificó en los primeros años, luego, debido a la negligente labor de los funcionarios causado por el descontrol y la incertidumbre que implicó la repentina muerte del jefe, que era su padre, todo el negocio se fue abajo: cayeron en bancarrota, por lo que él, junto a la decisión de sus hermanos, no les quedó otra solución que vender todo lo que habían edificado; asimismo, tuvo que emplear mucho de su dinero a los tratamientos que recibió para estabilizar la hipertensión arterial y la diabetes que paulatinamente fue desarrollando; y también tuvo que dedicarse a cuidar a su esposa que había padecido de un accidente que la dejó en silla de ruedas.

Por otro lado, permíteme comentarte, fiel lector, que ese viernes en el que ambos se reencontraron por llamada telefónica, realmente fue un día milagroso porque, además del hecho, Tritz se salvó prácticamente de una muerte segura que decidió jamás revelarle a su madre. Ocurrió que en aquella mañana, después de que Darlene le dejara en la universidad, Tritz no entró a clase — con el propósito de materializar un horroroso plan que tenía en mente. Si bien era cierto que él había hallado una mayor estabilidad en su salud per se, de todas maneras seguía sin sentirse bien. Se sentía anormal, incompatible, triste, iracundo, superfluo, marginado y solitario por muchas razones: porque sus obsesiones y rituales compulsivos no le daban tregua, por la frustración que le originaba no ser del todo capaz para formar sólidas relaciones afectivas interpersonales y por la decepción que experimentaba consigo mismo debido a que se sentía una pesada carga para los hombros de su madre y su familia que hacían todo por él. Inspirado así por el malsano influjo del profundo abismo que albergaba en su pecho, fue a la comisaría de policía más cercana — en vez de ir a su clase de informática. Fingiendo desesperación y cansancio, les mintió a los policías diciéndoles que había escuchado gritos de auxilio en un parque ubicado a unas pocas manzanas. Habiendo entonces distraído a las autoridades que salieron apresuradamente en sus coches patrullas, él se introdujo furtivamente en la bodega de armamento, hurtó una escopeta que la guardó en la maleta y, antes de salir corriendo del sitio hacia una casa abandonada, bloqueó las cámaras de seguridad y borró las grabaciones de ese día. No obstante, debido a una sensación tenue pero decisivamente contundente, se retractó de su plan en el instante en que iba a ejecutarlo. Sintió que si lo hacía, se iba a perder de algo que había tratado de asimilar durante toda su vida. A pesar de que él tenía todo el amor incondicional que su bondadosa madre y familia le brindaban, él era incapaz de receptarlo porque estaba inocente e involuntariamente más concentrado en luchar contra sus obsesiones de limpieza y cálculo, en tratar de soportar su extraña naturaleza psíquica y en llenar la ausencia de la figura paterna. Y ¡vaya! ¡Si hubiese jalado de ese gatillo, realmente se habría perdido de un padre que ese mismo día el inescrutable destino le entregaría y con el que entendería que lo más valioso en el mundo era no dejarse vencer por las desventuras y las carencias, sino aprender de ellas para así vivir una vida más sabia! Y una vida más sabia conduce inexorablemente al amor por uno mismo, por la familia y amigos, por las sonrisas, por las lágrimas... en fin, por la existencia. Y puesto que la vida no es sino un abrir y cerrar de ojos, ¿por qué no encariñarse entonces con este momento [llamado vida]? Como más tarde escucharía de los labios de Martino, «¡Ay, hijo! Hazle caso a tu hermosa madre cuando te dice que amemos el aquí y el ahora, pues mañana no se sabe si estaremos en este preciso lugar y tiempo. ¡Enamórate del presente! Y si tienes problemas, míralos como nuevas formas de aprendizaje. Yo sé que es un proceso complejo y muy largo, pero no lo veas como un procedimiento lineal y fatigoso, sino como un juego en el que, para desbloquear un logro, tienes primero que haberte caído y levantado muchas veces». Así es: en la noche de ese viernes, Darlene le comentó a su hijo sobre la llamada y, consecuentemente, la historia que había vivido con Martino. Al día siguiente, a través de una videollamada, la madre había unido las dos partes de su corazón: hizo que Tritz y Martino se conocieran.

Desde entonces, como relaté, ambos, junto al querido Martino, estuvieron en una constante comunicación. Y en aquellos coloquios fue que Darlene descubrió que ahora los tres eran una familia, a la par en que, por primera vez, observó a su hijo hablar tranquila y confiadamente con alguien que no fuera su madre o sus abuelitos. Y fue por todo esto que, pronto, Martino les contó su idea de visitarlos. Empero, debido a que el planeta fue azotado por una pandemia de gripe en la que falleció su esposa, su viaje se pospuso hasta poco después de que aquella global tempestad definitivamente se debilitara, o sea en noviembre del 2022.


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Capítulo VI

Pero, como tú sabes, mi lector, las manecillas del reloj se deslizan tan velozmente por su circunferencia cual toda la luz por el universo: los meses habían volado, y ¡ya faltaban solo pocos días para su regreso! ¡Todos estaban emocionados! Sin embargo, desde previas semanas al inminente advenimiento de Martino, Darlene sentía que algo no andaba bien. Se sentía confundida e inquieta porque, en varias noches, experimentó un mismo sueño en el que presenciaba cómo el cielo de repente se transformaba en fuego. Con todo, ella no decidió darle más relevancia a ese asunto onírico: creía que era solo una ilusión involuntaria de su imaginación nocturna y, por supuesto, mucho menos sustancial que la realidad de la vigilia.

¡Finalmente el momento llegó! ¡Martino había subido felizmente al avión que le dirigiría hacia su nueva familia! Entretanto, Darlene, acompañada de sus padres y su amado Tritz, esperaban su arribo en el aeropuerto desde hace más de dos horas. Y cuando faltaba ya solo segundos, ¡la dicha se había intensificado aún más! Pero de lo que todo era júbilo y entusiasmo, de un instante al otro todo se convirtió en un caos cuando la gente observó que la parte posterior del avión explotó.

La sala de espera se alborotó de gritos y desesperación cuando vieron que el avión cayó forzosamente en la pista de vuelo; Darlene y su familia, por su parte, no daban crédito a la hecatombe que sus ojos percibían. Inmediatamente todos los trabajadores del aeropuerto intervinieron en la emergencia: médicos y rescatistas evacuaron a los pasajeros en brazos y camillas; los bomberos estabilizaron el sistema del avión para que este no estallara por completo; y los policías evitaron que las personas se aglutinaran alrededor de los damnificados. Aunque afortunadamente el aeroplano no explosionó gracias a la labor de los profesionales, Darlene había comprendido igualmente que su sueño no había sido una ilusión de la noche, sino una fatídica epifanía, desmayándose así en los brazos de sus padres y Tritz.

Cuando Darlene abrió sus ojos, se vio acostada en una camilla de hospital. Automáticamente recordó lo sucedido y, justo antes de pararse bruscamente en busca de Martino y su familia, una enfermera la detuvo. Darlene insistió en su designio, pero la enfermera procedió a tranquilizarla dulcemente.

— ¡Le suplico! ¡Déjeme verlos!

— No le permitiré que arruine su reposo, mi querida madre. Por favor, recuéstese, yo me encargaré de traerle a su familia.

— ¡Es urgente!

— Lo sé perfectamente, pero para ello tiene que calmarse. Confíe en mí, madre — dijo mientras la abrazaba y secaba sus lágrimas con un pañuelo. Tras lo acontecido, usted perdió el conocimiento debido a que se le bajó la presión. Pero no se preocupe, todo estará bien y pronto verá a su familia para que pueda conversar con ellos.

Tres minutos después, Tritz visitó a Darlene.

— ¡Hijo mío! — dijo llorando mientras lo abrazaba.

— ¡Mami!

— ¡Ay, hijo! ¿Dónde están tus abuelitos? Y ¿dónde está Martino?

— ¡Ay, mami! ¡Están esperando los resultados de los exámenes médicos de Martino! — mintió con la voz entrecortada.

— Y ¿qué dicen los doctores?

Tritz se echó a llorar sin decirle ni una sola palabra.

— ¡Hijo mío! ¡Por favor, coméntame! ¡Tengo que saberlo todo!

Antes de llevarse las manos al rostro, Tritz le entregó un objeto a la enfermera, pidiéndole simultáneamente que le contase lo acecido.

— Estimada Darlene, Martino lamentablemente falleció. Al caer el avión, sufrió de una hemorragia cerebral producida directamente por un contundente golpe en la parte frontal de su cabeza. Y pese a que todos los equipajes de los pasajeros se destruyeron, solo uno de ellos quedó intacto: el de Martino, en el que, además de ropa y accesorios, se descubrió que había un tocadiscos antiguo y esto — contestó mientras le entregaba una pequeña cajita cubierta de un suntuoso terciopelo blanco.

Al abrirla, allí encontró un precioso anillo de bodas — en efecto, Martino le iba a proponer matrimonio por segunda vez.

Darlene no pudo soportar toda esa información, cerró los ojos y se entregó al más amargo de los llantos.


Capítulo VII

Dos semanas después del incidente, Darlene, al igual que sus padres y Tritz, seguía sin poder asimilar la trágica y súbita partida de Martino. Cuando el Sol estaba presente, ella no podía parar de pensar en él; y cuando la Luna alumbraba a la Tierra, ella no podía apartarlo de sus sueños. No obstante, en una noche, tuvo una rara visión en la que Martino la abrazaba y le imploraba que limpiara hasta el último rincón de su casa.

No entendía por qué había experimentado ese ensueño tan diferente al resto. Por lo general, ella tenía reminiscencias de lo que habían vivido juntos, pero jamás un sueño tan extravagante e incomprensible como ese. De todas maneras, accedió a la limpieza del interior de su casa. Y fue así que, organizado y eliminado el polvo de su habitación, detectó en su armario un bolso sin usar desde hace muchísimos años. Lo tomó para buscar si había algo en este, y encontró una carta. En ese instante, en su memoria se posó el recuerdo de la última vez que se vieron en persona.

No esperó más y abrió la inaudita carta.


Querida Darlene.

Aunque no lo creas, nosotros ya nos conocíamos desde hace miles de millones de años atrás. Para que este universo haya tenido existencia, debió tener ineludiblemente un principio. Todas estas galaxias no pudieron venir sino desde un átomo primigenio. Y es desde aquel huevo cósmico en que nosotros ya estábamos juntos. Así, cuando nos vimos por primera vez, en realidad nos reencontramos.

Cuando mi mirada se posó en tus resplandecientes ojos, supe que tú eras todo lo que yo he querido, por eso jamás quise dejarte ir. Pero, ahora, que tenemos que despedirnos, no puedo imaginar una vida sin ti. (De hecho, nunca quise escribir esta carta porque confiaba en que no nos alejaríamos el uno del otro, pero la estás leyendo debido a que, al igual que yo, sabes que todo tiene un final — al que ni el cosmos se escapa). De esta forma, lo único que me queda es desplazarme en mi mente hacia un lugar donde sé que siempre te podré encontrar: la memoria.

Sin embargo, me entristece estar perdido en mi cabeza. No puedo aceptar tener que bailar contigo solo en la imaginación, y sé que a ti te pasará lo mismo. Darlene, por favor, perdóname por esto. Nunca quise herirte porque sabes que eres mi adoración y mi vida entera. Y ¿cómo podría yo herir mi vida así? ¡Ay! ¡No quiero recordar cómo te perdí por culpa de la inmadurez de mi parte!

Pero, Darlene, sé que no es tarde. Sé que no es tarde para recapacitar. Sé que aún me queda aún una oportunidad. Quizá no te vuelva a ver nuevamente, pero te amaré con los años que me quedan. Y si es necesario, mi fantasma te visitará en tus sueños con el objetivo de demostrarte que realmente te amo; y así como veré tu rostro en la luz del Sol, yo también apareceré ante tu inigualable mirada. Con todo, quisiera traerte de vuelta a mi lado para confesarte todos estos sentimientos sin resolver que me persiguen: sé que solo así me perdonarás y conservarás tu amor por mí.

¡Vaya! ¿Cómo puedo dormir con este frío alrededor mío? ¿Cómo puedo seguir adelante? ¿Cómo puedo seguir adelante cuando todas las mejores cosas que tengo las hicimos juntos? Desearía que aquella tarde, en la que ocurrió nuestro primer beso, durase para siempre. Querida, ¿podría tener ese beso para siempre?

Sin embargo, dejemos atrás las tristezas, Darlene. Como siempre te he dicho, ¡vivamos el momento sin importar lo que pase, tal vez mañana ya no estemos! ¡Hagamos un brindis por nuestro amor que es verdadero! Y como nuestro amor es real, confía en mi cuando te digo que este cariño no culminará cuando nuestros corazones dejen de latir. Nacimos juntos y moriremos juntos. Por lo tanto, nuestro amor culminará solo cuando el universo colapse.

Mientras tanto, no te preocupes, después de todo tú estarás bien, tal como yo lo estaré. Por eso, por favor, mi amada Darlene, ¡jamás pienses cerrar las puertas de tu corazón! No tengas miedo de enamorarte de otro hombre, más bien hazlo porque lo harás igual de dichoso tal cual lo hiciste conmigo. De hecho, conjeturo que serás madre de un niño y dos niñas.

En definitiva, con o sin mí, ¡nunca dejes de brillar, Darlene! ¡Solo te pido que jamás me olvides y sientas incertidumbre sobre lo que te depara el mañana! Pase lo que pase, mira desplegarse a este hermoso firmamento de estrellas porque yo allí te estaré esperando con los brazos abiertos.

No importa el final, yo te esperaré porque este es nuestro tiempo en el universo.


Al leer esta última frase, Darlene dejó caer lágrimas sobre el papel, pero no de tristeza, sino de felicidad porque ambos conquistaron algo que muy pocos consiguen: construir un amor verdadero.

Cuento inspirado en las canciones de Our Time In The Universe de Chris Cornell, en Con Los Años Que Me Quedan de Gloria Estefan, en Ghosts de Muse, en Could This Be Love de Jennifer López, Dream On de Aerosmith, Could I Have This Kiss Forever de Enrique Iglesias y en una primorosa historia de amor real.

Antes de irte, permíteme conocer tu opinión en este breve formulario: https://forms.gle/sXiuDp5P9MJg45Ut5 . ¡Me ayudará a crecer como escritor!


—FIN—

 
 
 

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