ANÁLISIS SEMIÓTICO DE LA CANCIÓN "TU AMOR" DE CHARLY GARCÍA Y PEDRO AZNAR
- Pablo Jácome

- 2 abr 2023
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Por Pablo Jácome Quito, 01 de abril del 2023 Semiótica
A través de la letra de la canción, García y Aznar abordan poéticamente la implicación dicotómica del amor: en la primera mitad, los estragos de la ilusión del amor, esto es, los temas de la muerte (el suicidio, en concreto), el dolor, la desesperación, la resignación, la insatisfacción, la mentira, el desengaño, el sacrificio (en sentido insalubre), la obsesión; mientras que en la segunda mitad, la sublimidad de dicho sentimiento — pero, ahora, tomado como una fuente de acción y ya no como mera ilusión: su fortaleza, su estimulación en la superación del narcisismo (como sacrificio altruista), su pasión, su vitalidad y su capacidad de revivir lo muerto.
Tal como lo propone el materialismo dialéctico, el amor, al igual que la vida, es una constante batalla. Y con 'constante batalla' no nos referimos, en la presente, a los muy bien conocidos problemas de pareja, sino específicamente a toda esa lucha interna subjetiva que desata el amor en el pecho de quien ama porque el acto de amar, como bien postula Schopenhauer (1819), es algo tan heroico/fatídico como hastioso. Fatídicamente heroico porque, por lo general, los amantes no miden las consecuencias al momento de salvaguardar a su objeto de amor, pues, de ser necesario, son capaces inclusive de sacrificar su propia persona (véase Freud, gran sucesor de Schopenhauer, que más tarde abordaría con plenitud a este fenómeno en su Introducción del narcisismo); y hastioso porque, cuando el amor ya se ha consumado íntegramente, prácticamente el individuo, sobre todo en su edad senil, despierta de ese mágico trance amoroso para ahora descubrir que el amor (o el genio de la especie, en términos schopenhauerianos) no era más que una treta de la vida para garantizar su propagación biológica. En este sentido, a todo esto se refiere García y Aznar cuando escriben versos como «Yo tuve el mundo a mis pies / Y no era nada sin ti; Y en medio de las lluvias del invierno / No hay tiempo ni lugar; Yo sé que entenderás ⁄ Que amor para quien busca una respuesta / Oh-o-oh / Es un poquito más que hacerte bien » (heroísmo/fatalidad) y «Aunque sea el fin del amor / Yo he visto el fin del disfraz; Yo tuve más y era el fin; Yo quiero el fin del dolor / Pero no hay fin, siempre hay más; No existe sombra / No existe culpa / No existe cruz » (Ilusión, desengaño, hastío).
En efecto, el amor es paradójico: así como inspira grandes proezas, también puede traer grandes malestares. Y es que, además de la tragedia de una pérdida amorosa (léase Nuestro tiempo en el universo [https://pablojacome7.wixsite.com/website/post/nuestro-tiempo-en-el-universo-cuento-por-pablo-jácome]) o el desengaño sobre las verdaderas intenciones del genio de la especie, uno de los más grandes dolores siempre ha sido la no-experimentación de amor. Allende los motivos, cuando una persona no puede satisfacer sus pulsiones sexuales-simbióticas, es decir, cuando no siente amor, ciertamente puede caer en un estado de desesperación y obsesión patológicos. No se equivoca Bertrand Russell (1930) cuando asevera que «El amor no solo es una fuente de placer, sino que su ausencia es una fuente de dolor» (p. 41), pues el hecho de tener la sensación severa de carencia amorosa es tan fuerte que, parafraseando a Fromm (1956), esto no conlleva más que a la locura, actuando así este como mecanismo de defensa para superar el pavor de un aislamiento total (p. 30). (Recuérdese que él, en El arte de amar, trata al amor —desde todas sus facetas, p. ej., maternal, fraternal, erótico, individual, teológico— como una solución al problema de la existencia debido a que suple esa sensación de separación que el humano desarrolla conforme va creciendo — tanto fisiológica como psíquicamente). En este contexto, la locura no haría referencia exclusivamente a enfermedades como la esquizofrenia, como comúnmente se piensa, sino también a conductas sexuales antisociales debido a que, cuando no hay forma de satisfacer estos deseos muy primarios de índole sexual —sobre todo cuando el individuo posee, sea por casusas tanto genéticas como ambientales, un apetito sexual verdaderamente patológico—, el afectado puede depositar o transferir esa energía libidinal en prácticas éticamente ilegales para así palpar la compensación de dichos anhelos reprimidos. (Véase el concepto freudiano de sublimación). Y, efectivamente, la irrealización de las pulsiones sexuales, en el fondo, terminan respondiendo a ese conflicto emocional que genera la no-sensación de amor, pues, citando a Ressler (1992),
Las personas que cometen crímenes contra otras personas, crímenes que no tienen nada que ver
con el dinero, son diferentes de los delincuentes normales cuya motivación es el lucro. Los asesinos,
violadores y pederastas no buscan beneficiarse económicamente de sus crímenes; lo que buscan, de
una manera perversa pero a veces comprensible, es la satisfacción emocional…,
y he de ahí que este tipo de personas, concretamente los asesinos seriales y los violadores, sean empedernidos depredadores sexuales. Sin embargo, al igual que la locura, proponemos que el suicidio también sería un vigoroso modo inconsciente de 'redimirse' de ese horrible sentimiento de soledad o marginación que genera el no-amor. Si bien dijimos que los individuos que sienten dicha patológica ausencia pueden generar aquellas conductas pervertidas, asimismo pueden, por el contrario, experimentar únicamente el deseo constante de suicidarse — o, en el peor de los casos, ambos. Y tanto los repetitivos deseos suicidas como sádicos (que son diferentes en modo pero iguales en esencia) no se deben más que a esa urgencia provocada por la insatisfacción del sentimiento malsano de vacío amoroso. De esta forma, los dos primeros versos de Tu Amor, «Yo quise el fin y había más / Yo quise más, no había fin», reflejan en primea instancia, ese anhelo autodestructivo: querer el fin significa desear la muerte, pero, puesto que la vida continua, existe ese había-más; mientras que, en segundo lugar, el querer-más-y-no-haber-fin simboliza esa insaciable sed de amor.
Entonces, como se puede observar, tanto la existencia como la ausencia de amor inducen en un estado de adicción: así como los amantes anhelan estar siempre juntos, el solitario no puede parar de fantasear con vivir lo que ellos dos experimentan. Y si en la primera mitad García y Aznar exponen todo este frenético pesar que ocasiona el no-amor —inclusive demostrando la resignación hacia una vida de soledad con los versos «No voy a llorar / Si nadie me acompaña / No voy a dejar / Ni un camino sin andar; No voy a esperar las caras que yo extraño / No voy a esperar que el destino hable por mí»—, después la canción sufre un punto de inflexión. De lo que hablaban prácticamente de estar muertos por no sentir amor —«Desde las sombras / No vi las sombras / Y no vi luz», es decir, como estaban muertos (Desde las sombras), no percibían la oscuridad (las sombras) ni la luz—, luego entonan solemnes palabras en honor al amor por su facultad de hacer resucitar al fallecido:
«Yo tuve el fin y era más
Yo tuve más y era el fin
Yo tuve el mundo a mis pies
Y no era nada sin ti
Cruce la línea final por
Tu amor
Tan fuerte, cómo lo amo
Tu amor
Para volar al mundo mejor
Tu amor me enseña a vivir
Tu amor me enseña a sentir
Tu amor».
Y para finalizar la canción, ambos artistas escriben «Seremos salvos con nuestro amor», aseverando así que, después de todo la aflicción, la carencia, la desesperación, la obsesión y las ansias de suicidio, el amor que les brindan esas otras personas literalmente les rescata de ese abismo en el que se hallaban. Pero lo mejor es que eso no es todo: además de la salvación, el amor los termina, junto a sus parejas, deificándolos. En efecto, pese a que el amor no sea más que el eufemismo de la reproducción (tal como lo consideraría Schopenhauer), tiene simultáneamente tanto la mágica propiedad de restablecer la salud de los enfermos y de ascenderlos hacia las estrellas como la indeseable condena de torturar a quienes lo buscan pero aún no lo encuentran.
REFERENCIAS
Fromm, E. (1956). El arte de amar. Paidós.
Ressler, R., Shachtman, T. (1992). Asesinos en serie. Ariel.
Russell, B. (1930). La conquista de la felicidad. Debolsillo.
Schopenhauer, A. (1819). El amor, las mujeres y la muerte. Gradifco.
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